Las posibilidades de un signo lingüístico no arbitrario y no lineal

La forma sonora diferente rompe las equivalencias porque se cuela en nuestra mente y construye un sutil perfil de inferencias donde el criterio de verdad o de lógica se vuelve lo de menos. El sonido primero evoca, luego puede significar, y por rápido que sea ese tránsito, ninguno estamos a salvo de la influencia evocadora.
Gracias a Juan Antonio Almendros ( http://www.identidadverbal.com) he sabido que en el terreno del marketing se trabaja en el interesante campo de la identidad verbal. Según su propia definición:
“la identidad verbal no es "lo que la marca dice y cómo lo dice". La identidad verbal es "lo que los interlocutores entienden que dice la marca y lo que dicen de ella", más "lo que la marca dice y cómo lo dice".
Es pues un terreno donde la no arbitrariedad y la no linealidad del signo lingüístico pueden campar a sus anchas y dar espléndidos frutos.
Vamos a verlo.

Sobre las influencias de este tipo de factores y sus vías de manifestación puede consultarse la entrada anterior: el paralenguaje.
En cuanto a la arbitrariedad, conocemos que la arbitrariedad del signo lingüístico no se da en las onomatopeyas, ya que el propio sonido imita aquello que nombra.
Pero ocurre también que, a causa de las asociaciones sinestésicas, expresamos a menudo las impresiones de un sentido corporal con palabras pertenecientes a otro. Hablamos de sonidos blandos o duros, de colores cálidos, de palabras dulces o ásperas… Entre los simbolistas, por ejemplo, estuvo muy en boga la audición coloreada que evocaba colores y afectos por medio de sonidos, Antonio Machado, nos decía que para él la i era amarilla y la u azul.

Si volvemos al ejemplo, podemos sentir que la rotundidad de la oclusiva velar sorda /k/, tan firme, tan posterior, tan en lo íntimo de la boca, aporta una fuerza como de hachazo, es tajante, firme, delimita dónde empieza el nombre y contagia a la vocal de un ímpetu que la hace mostrarse sin amagos, aunque inmediatamente pase de nuevo a semiocultarse bajo el velo sugerente de la /r/ que se crece en su sensualidad al contacto de la /m/.
Frente a Carmen, Mamen nos envuelve con sus texturas esponjosas, la doble aproximación de los labios envuelve a la /a/ que se deja atenuar, cediendo el protagonismo a las consonantes, que a cambio le prestan su nasalidad . El resultado es un nombre más íntimo, menos apelativo.
En la conversación familiar se alude con frecuencia a nombres propios feos y bonitos, y en tales aversiones o preferencias intervienen principalmente los sonidos que componente el nombre.
Muchas preferencias léxicas personales se apoyan únicamente en la atracción que, sin saber por qué, sentimos por la fisionomía acústica de ciertas palabras, y al desagrado que nos producen otras.

Interesante campo el de la no arbitrariedad deliberada. Seguro que esta posibilidad también le habría gustado a Saussure.

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